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:: DE VIAJE :: COMO EN UNA NOVELA ::
Goethe, el viajero romántico

Después de los excesos del "Sturm und Drang" y la euforia de Jena, -la ciudad donde estudió- Johann Wolfang Goethe advierte la necesidad de elevar una mirada sobre el mundo: la vida intelectual y calibrada que le ofrece Weimar no es más suficiente.

Meta de su viaje: Italia, el clasicismo y el culto por lo antiguo.

El 3 de septiembre de 1786 se marcha a Karlsbad y desde allí hacia el Brennero donde llega el 8 de septiembre.
Empieza así su "Viaje en Italia", tenía que quedarse solamente unas pocas semanas, se quedó dos años y vivió en Roma.

En este "Diario" dividió Italia en dos partes: la del norte, que definió interesante pero poco estimulante desde el punto de vista de las relaciones humanas y la del sur, fascinante y vivaz.

Visitó Trento, Verona, donde se interesó mucho por la Arena, verdadera reliquia romana, sin dignarse mirar la tumba de Julieta. Después fue en Padua, Venecia, donde vio el mar por primera vez.
De la ciudad de la laguna se le quedaron impresos el olor y las plazuelas. Prestó poca atención a la basílica de San Marcos y al Palacio de los Doges.

Fue también a Milán -donde una mujer de ojos celestes le embrujó el corazón- y a Florencia, que le pareció demasiado falsa artísticamente por ser verdaderamente bella.

En Asís pasó muchas horas delante del templo de Minerva, fascinado  por las líneas de las formas clásicas.

Finalmente llegó a Roma, donde fue huésped del pintor Tischbein y donde entabló amistad con el escritor Moritz y la pintora Angelica Kaufmann.

En Roma, Goethe encontró inspiración para muchas de sus obras del periodo clásico: "Egmont", "Tasso", "Ifigenia" y "Fausto".
Su obra maestra literaria fueron las "Elegías romanas", donde el poeta imagina que habla con los más grandes cantores del Amor: Tibullo, Catullo y Propercio.

La curiosidad le lleva a descender hacia el sur: Nápoles y después Sicilia.

Para Nápoles tuvo palabras de gran admiración. Los napolitanos, sobre todo, le hechizaron por su capacidad de sobrevivencia.
De ellos decía: buscan la riqueza no por sí misma sino para poder vivir "siendo libres".
Subió a la cima del Vesubio y estudió la lava. No le gustó Pompeya, el aire estaba demasiado estancado, sabía a muerte.

En Sicilia se quedó en Palermo, el aire mediterráneo con sus colores y las asperezas del terreno le hicieron enamorarse. Fue un asiduo visitante del jardín botánico, donde estudió varias especies de plantas.

Después de dos meses de permanencia retorna a su amada Roma. De este periodo le gusta recordar en su inmortal obra maestra:
"¿Conoces tú el país donde florecen los limones?
En el verde follaje resplandecen naranjas de oro y un viento leve corre desde el cielo celeste
Tranquilo está el mirto, sereno el laurel
¿Lo conoces tú bien?
Allí, allí
¡Quisiera ir contigo, amado mío!"

Octubre 2001

Asís
Trento 
Viaje en Italia



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